9997 kilómetros

Corre el rumor de que el sentido común es el menos común de los sentidos. Merodea por las voces y los oídos de tantos seres, y nadie, absolutamente nadie, piensa en esto. Es un simple dicho callejero, un refrán popular o un rumor, cómo se quiera nombrar. La cuestión es que, desgraciadamente, nos sorprenda o no, es cierto.

Bajo mi mirada, hasta el más diminuto poro de mi piel, y exacto, es blanco. Toda la cobertura que envuelve mi ser es blanca, con toques amarillentos, pero blanca. Los ojos con los que puedo observar y concienciarme de este mundo vil y cruel son verdes, a medio camino entre el claro y el oscuro. Pero mi sonrisa… mi sonrisa no tiene color, ni formas, ni maneras; se desprende desde ambas comisuras y tiene tanto poder que todas mis facciones cambian. Como la sonrisa de cualquier ser humano, que te da esa sensación indescriptible en cuestión de segundos.

Giro un poco mi cabeza y tengo a mi lado a una de las personas más importantes que complementan mi vida. Toda la cobertura que envuelve su ser es morena, con toques bronceados, pero morena. Los ojos con los que observa y es consciente de la cantidad de estupideces que reinan el mundo son marrones, a medio camino entre el claro y el oscuro. Pero su sonrisa… su sonrisa no tiene color, ni formas, ni maneras; se desprende de ambas comisuras y tiene tanto poder… que mis facciones cambian por completo.

Su mundo y mi mundo es el mismo, simplemente, hemos nacido a 9997kms de distancia. Él procede de el país de los Incas, la fruta tropical y exótica, la cumbia y el Machu Picchu. Yo, sin embargo, procedo de el país de los toros, las sevillanas, la paella, el flamenco y la Sagrada Familia. Tal vez tengamos otra forma de pensar, otra forma de actuar, otra cultura que nos define pero,sentimos de la misma forma, con la misma intensidad.

Hay un esfuerzo sobrehumano en etiquetar todo lo que nos rodea. En cuanto sentimos algo, le ponemos esa etiqueta bien marcada, para que no se nos olvide de qué se trata. Y sí, también nos atrevemos a etiquetar a las personas según su lugar de nacimiento. Conocemos a alguien que tiene nuestra misma cultura y el físico va acorde con ello, cogemos la etiqueta de ‘Normal’ y se la enganchamos con orgullo. Pero, la dinámica cambia cuando se trata alguien diferente. Cuando vemos que el físico no va acorde con ello… cogemos la etiqueta de ‘Extranjero’, ‘Diferente’, ‘Raro’… y se la enganchamos con infinita superioridad. Y si leemos con más atención, podremos observar cómo la letra pequeña describe tantas sandeces como: ‘Viene a quitarme el trabajo’, ‘tiene más ayudas que yo’, etc… Y ni por ese efímero segundo que se desplaza relajado por nuestra mente pensamos, que se trata de un ser humano como tú o como yo. Que también siente, vive, ama, ríe, llora, y etiqueta las cosas con el mismo ímpetu que le ponemos todos. ¿Qué tiene entonces de diferente? Sencillamente que su cobertura es quizás más oscura, o sus facciones son distintas, o el envoltorio del caramelo no es el mismo. ¿Dónde queda su sonrisa? Olvidada. Allí, divagando entre la tiniebla del racismo, apartando los esquemas de superioridad que se entrelazan con el sufrimiento propio.

Desgraciadamente, a lo largo de la historia ya hemos construido la jerarquía social, dando como gran resultado el racismo que palpamos a diario. Pieza a pieza, moldeamos la pirámide dónde categorizamos las ‘razas’ de la humanidad. Y por supuesto, quién es superior a quién. La ignorancia puede llegar a ser infinita en este sentido. Realmente no somos conscientes de la calidad de vida y del esfuerzo que ha supuesto para determinados seres desplazarse, para buscar el derecho de la felicidad. Un derecho universal, muy buscado… pero para muchos poco encontrado.

Somos igual de prefijados que las fronteras. A modo natural, no existen, pero las hemos diseñado para limitar un territorio de otro, una propiedad de otra. Pero todos, absolutamente todos, somos seres humanos. Respiramos por la misma vía y amamos mediante el mismo órgano. Y ahora, entonces, ¿quién es superior a quién?

Podemos empezar a observar la igualdad desde una perspectiva que no sea la utopía. Y aceptar, que, afortunadamente vivimos en un mundo globalizado, donde hay infinidad de culturas mezcladas y ninguna de ellas ha perdido toda su esencia. Aprovechar para conocer maneras de vivir, ideologías distintas que sin querer, nos pueden atribuir un poco más de inteligencia. Y sobretodo, observar cómo se transforma nuestra sociedad, día a día. Es posible que no estemos de acuerdo con según qué culturas, o formas de actuar, pero no por eso debemos juzgar a nadie. Porque siempre hay un acto recíproco.

Pero lamentablemente, éstas líneas tenderán a agruparse en el lirismo de la igualdad, dejando paso a la realidad. Seguiré yendo a cenar con parte de mi familia, y tendré que escuchar comentarios racistas de la mesa de al lado, como: ‘Hay que hacer una limpieza brutal en éste país’, ‘Seguro que ella está con él por pena’, etc… Y volveré a mirar a los ojos de esa persona que tanto quiero y a ver, en su mirada, la impotencia, el dolor y la rabia concentrada.

Pero aquí, queridos lectores, es donde se corrobora que el sentido común es el menos común de los sentidos. Cuando una persona juzga por el envoltorio y no por el contenido. Cuando no somos ni capaces de mirar la sonrisa de una persona sino su piel. Cuando, finalmente, somos racistas.

Quizás haya nacido en el país de los toros, las sevillanas y el flamenco, pero mi corazón… mi corazón ha nacido a 9997kms, allí perdido, en el país de los Incas.

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