Carpe Diem

No tengo consciencia de la primera vez que pensé en la muerte. Recuerdo que de pequeña, ya me planteaba qué hay después de la vida, dónde quedaría todo lo que he vivido. Me sentía indignada y rechazaba en muchas ocasiones la idea de que los recuerdos, el saber, la memoria se moriría al mismo tiempo que yo. Me tumbaba en la cama y daba rienda suelta al miedo. Miedo de pensar, que nunca, nunca volvería a vivir. Me invadía una sombra, negra y profunda, donde caerían nuestras vidas una vez utilizadas. Y no quería ni imaginar que todos, absolutamente todos, tenemos una fecha de caducidad en el corazón.

Dicen que somos el único animal que tiene consciencia de la muerte. Los únicos que sabemos que después de la vida, principalmente, no queda nada, y que en algún momento debemos desaparecer. Será por eso por lo que, a lo largo de la existencia, hemos desarrollado miles de teorías sobre el más allá. ¿Qué hay después de la vida? – se preguntan muchos seres – y todo depende de la ideología religiosa o moral que posea tu mente. He conocido varias religiones, y la mayoría de ellas, se basan en privar ésta vida real para que después tengamos una inmortal en el cielo (u en otro sitio), donde podremos disfrutar y seremos recompensados. En otras palabras, se trataría de permanecer en éste mundo bajo la subordinación y deseando morir para después complacerse.

Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos que más me gustan, desarrolló una teoría revolucionaría para aquel entonces. A finales del siglo XIX, desencadenó una serie de críticas sobre todos aquellos aspectos positivos y negativos de la cultura, la religión, la moral y la sociedad. Fue uno de los primeros que habló del nihilismo y que acabó con la vida de Dios. Su filosofía se basaba en vivir. Y con ellos desarrolló la idea del ‘Superhombre’, una persona vividora,  que no se dejaba influir por el pesimismo de la sociedad y que creía en sí mismo.

Gracias a Nietzsche me tomé la muerte con otro sentido, sin miedos ni incomodidades. Todos tendríamos ese final, nos guste o no,  lo importante sería el recorrido. Una vez la muerte haya inundado mi cuerpo, la consciencia de sentir el paso del tiempo no existiría. Y solamente viviría un ligero recuerdo de mi ser en la mente de algunas personas, que quizás sean muchas o quizás más bien escasas. De todas formas, no sentiría nada. Quizás la forma en que la vida se va, o la forma en que la muerte me invade. Notaría el latir de mi corazón como una marcha fúnebre y el último suspiro se disiparía con mi pensamiento. La distancia de mi pulsación sería kilométrica junto con mis sentidos que se desvanecerían. Y ahí se quedará, el hilo que también tejí en el telar de la humanidad.

Por otro lado, me planteo la existencia del más allá. Si representa que si no hay vida, hay muerte… ¿Por qué existe la magia negra, la capacidad de conectarse con los fallecidos o la presencia de espíritus?

Vive, siente y disfruta de la realidad. Nada más tenemos una oportunidad y no podemos fallar. Cada uno tiene su momento escrito, definido y desconocido para nuestra consciencia. Nos levantamos por la mañana y en nuestra lista de tareas no existe ‘morir’, hasta que de repente, llega. No esperemos que nos ocurran cosas fabulosas porque la expectación pocas veces funciona. Debemos buscar la esencia en cada minuto y saborearlo porque quizás sea el último de tu vida y el primero de la incertidumbre. Pero sobretodo, haz todo aquello que te apetezca, arriesga, porque una vez que el tiempo corre, no hay marcha atrás, y no hay peor sentimiento que el arrepentimiento.

O como dijo Horacio: Carpe diem quam minimum credula postero.

Pues eso, vive el momento.

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