Finalistas del I Concurso de Relatos Eróticos

¡Por fin tenemos los finalistas del I Concurso de Relatos Eróticos! La verdad es que me ha costado mucho decidirme, me he reído muchísimo y por supuesto, también me he animado leyendo ;)
De acuerdo a las bases del concurso hemos seleccionado 3 finalistas y vosotros votaréis el mejor hasta el 22 de Enero. Habían relatos muy, muy buenos pero algunos de ellos no cumplían todos los requisitos ni el principal: el humor y el erotismo juntos. Espero que os gusten los elegidos y ya sabéis… ¡a votar!

MOMENTO – RAFAEL NOVOA BLANCO

Son unos grandes almacenes; es un escritor firmando ejemplares de su novela; somos un grupo de personas con un ejemplar suyo en la mano, guardando cola; todos atentos al escritor; todos menos yo, que, embobado, dejo mis ojos vagar por los territorios de la mujer que tengo delante. Estamos tan apretados, que hago auténticos esfuerzos para no enterrar mi cara en su cabello. En un momento dado, el hombre que la acompaña la suelta y se aleja para hablar con alguien. Ella, atenta al escritor, mueve la mano en el aire buscando la de su acompañante. Yo avanzo unos centímetros y pongo la mía a su alcance. Ella, distraída, la coge, la palpa, la aprieta, acaricia mi palma con su dedo corazón; la atrae hacia sí y la abrasa con sus labios; después, rodea su cintura con mi brazo y mete mi mano bajo el jersey, apoyándola en su vientre templado. Yo extiendo los dedos y rozo a un tiempo la base de sus pechos y el abismo de su ombligo. Ella retrocede, encajándose en mí como una O en una C, cambia el peso de su cuerpo, y al hacerlo, sus caderas se escoran a babor y estribor moviendo sus glúteos con cadencia caribeña pero suave, sutil y repetidamente, en una suerte de tortura lúbrica que me abrasa el escroto. Llegamos al escritor; ella me suelta y le da la novela; al cabo se gira, me ve, busca a su acompañante, me vuelve a mirar con sus ojos cobalto durante un año luz, reflexiona, despega los labios; yo me quedo atornillado al suelo como un jodido parquímetro y una mueca idiota en el rostro arrebatado; aguanto el tipo mientras ella me escanea; da un paso hacia mí; yo aprieto tanto mi libro que lo exprimo y las letras se derraman por el suelo. De pronto su acompañante regresa, la agarra de la mano y tira de ella mientras alude a lo tarde de la hora; ella se deja arrastrar por él sin dejar de mirarme. Desaparecen. Pasó el momento.

SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO – JUAN JOSÉ ROQUE ACEVEDO

Disfrutaba de un espléndido mojito en la barra de la discoteca, cuando avisté por babor un confiado cetáceo que había puesto rumbo hacia mis coordenadas. Desesperado cual náufrago buscando un tronco al que aferrarse, paseé mi vista por el resto del local buscando algún Simón Cireneo que me librase de aquel vía crucis. No encontré a ningún candidato. Eran las cinco de la madrugada y el recinto estaba casi vacío.

Como aviso previo del inminente abordaje, comencé a percibir un penetrante olor a laca que irritó mis mucosas nasales. Aquello no presagiaba nada bueno. Cuando ella hubo finalizado su maniobra de atraque en la barra se dirigió a mí. El alto volumen de la música me impedía escuchar lo que decía. Ella se percató y acercó su boca a mi oído, rociando mi mejilla con un repugnante olor a podrido que me hizo añorar el olor de la laca.

–¡Hola!, ¿nos conocemos?

Ante tan inteligente presentación tuve que realizar un esfuerzo sobrehumano para contenerme y saqué a relucir mis exquisitos modales para responderle.

–Creo que no, si fuese así lo recordaría.

La sonrisa que se dibujó en su cara me hizo comprender que había tomado la respuesta en su acepción positiva, todo lo contrario a lo que yo había pretendido.

–Me llamo …

No recuerdo lo que dijo a continuación, principalmente porque mi cerebro estaba ocupado grabando la imagen de un par de besos que se acercaban amenazantes hacia mi cara. No tuve la suficiente rapidez de reflejos para esquivarlos y obsequió a mis mejillas con sendos rastros grasientos coloreados con maquillaje.

La mayoría de los hombres nacemos con un defecto de fábrica que nos impide mirar a la cara de forma continuada a una mujer con escote. En algún momento de la conversación, los ojos dejan de obedecer las órdenes del cerebro e, inexorablemente, inician una maniobra descendente que finaliza con la visualización del balcón de nuestra interlocutora.

Y en esa travesía se encontraban mis globos oculares, cuando quedaron varados en un puerto intermedio. Su sonrisa. Compuesta por un collage impresionista de piezas coloreadas con toda la gama de los ocres.

Afortunadamente, las mentes no están sujetas a los mismos principios de la Física que los cuerpos, y la mía comenzó a volar y a alejarse de allí. Viajó hasta mi casa, mi habitación, mi cama.

Pero mi mente, que suele recrearse martirizando a su propietario, decidió que aquel onírico viaje no debía realizarlo sólo. Al darme la vuelta en mi cama apareció mi partener como Dios la trajo al mundo. Más que una mujer desnuda parecía un árbol de navidad cargado de regalos para mis sentidos.

Para mi vista, una sucesión de enormes pliegues sebosos y superpuestos que pretendían, sin mucho éxito, conformar la estructura de un cuerpo humano. Para mi olfato, el aroma de unas axilas que llevaban mucho tiempo sin recibir la visita de un desodorante. Para mi gusto, el sabor de una pastosa lengua inspeccionando todos los rincones de mi boca. Para el oído, una sinfonía de extraños gemidos. Y para el tacto, el inolvidable roce de unas piernas mal depiladas.

Cuando ella decidió que era hora de finalizar el análisis forense y pasar a temas más interesantes, se avalanzó sobre mí y comenzó a recorrer mi cuerpo con su lengua. Empezó trazando abstractos dibujos sobre mis mejillas, dejando un húmedo rastro, para bajar después por el cuello. Prosiguió saboreando mis pezones para, a continuación, bajar por la línea central de mi vientre. Entonces llegó a …

–¡Despierta! –me grité a mí mismo –¡Despierta o te vas a convertir en el actor de una tétrica escena que te atormentará el resto de tus días!

Cuando volví del país de las ensoñaciones, me encontré sólo junto a la barra. Quizás mi pretendiente se había marchado aburrida por mi falta de conversación, o quizás había quedado atrapada en el viaje astral y me seguía esperando en mi cama.

Decidí no correr riesgos y pedí otro mojito al camarero. Hay ocasiones en las que un pájaro en mano no vale más que ciento volando.

EL DEPENDIENTE Y LA CLIENTA – CRISTINA CORTÉS

Era la tercera vez que la veía en la última semana. Aquella chica de larga melena ondulada, de color caramelo al igual que sus ojos, entraba en establecimiento acompañada del frio hibernal. Tras quitarse los guantes, se paseaba hasta el fondo de la tienda y desde allí, alzaba la mirada en mi búsqueda. Esta vez, se detuvo en la sección de calzado, decidiéndose por algún zapato festivo para estas navidades y me miró de nuevo. Decidí acercarme para ofrecerle mi ayuda.

-  Buenas tardes, ¿puedo ayudarte en algo?- Ella se volteó con un par de zapatos de tacón negro en mano.

-  Sí, ¿el 38 lo tenéis?- afirmé con la cabeza. De cerca, era incluso más guapa que lo que había podido apreciar desde detrás del mostrador.

-  Por supuesto, ahora te lo traigo- Volví a su lado y me arrodillé a la altura de sus rodillas-. -¿Me permites?

Ella afirmó del mismo modo que yo lo había hecho anteriormente. Le retiré su zapato y la calcé con el que deseaba probarse. En cuanto vi aquellas piernas enmarcadas en finas medias oscuras, y culminadas por aquellos tacones, me puse cachondo. Se levantó de mi lado para mirarse en el espejo y yo hice lo mismo. Se giró sobre sí misma, acariciándose los muslos y las nalgas y yo no podía parar de mirar aquellas espectaculares piernas, provocando que mi sexo creciera en el interior de mis pantalones.

- Necesitaría un vestido a conjunto – Se mordió el labio inferior en cuanto se percató que aquello que veía me gustaba. – ¿Podrías mirar algo que conjuntara y me lo traes al vestuario? Seguro que escogerás mejor que yo.

Recorrí la tienda en busca del vestido, con la visión de aquellos finos y delicados pies entre mis manos y la erección fue en aumento. Deseaba lamerlos, morderlos y otras cosas más obscenas.
Alcé la voz en cuanto llegué a los probadores, para que me indicara en cuál de ellos estaba. Como respuesta, entre abrió la puerta y me dijo que pasara. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme a aquella chica semidesnuda. Su conjunto de ropa interior se amoldaba a cada una de sus curvas de su piel color bronce. Entonces puede apreciar la longitud de sus piernas bajo esas medias sujetas a sus muslos gracias a las ligas de silicona.

Antes de que pudiera mediar palabra, agarró el cuello de mi camisa y me atrajo hacia ella. Sus labios se abrieron paso sobre los míos, buscando mi lengua entre los dientes. La punta de ésta rozó mi piercing, por lo que saqué la lengua permitiéndole que mordiera la pequeña bola de acero. Mientras, sus manos arrojaron el cinturón sobre algún punto del parquet provocando un estruendo en cuanto la hebilla aterrizó en el suelo. En apenas unos segundos, había liberado todos los botones y bajado la cremallera del pantalón, introduciendo la manos en el interior de éste, acariciando mi miembro cada vez más duro. Tiré la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido de placer causado por aquel lujurioso masaje. Sin poder esperar ni un segundo más me arrodillé a sus pies, desnudándolos de aquellos impresionantes zapatos de tacón. Paulatinamente, acerqué el rostro a una de sus piernas y, con las manos extendidas alrededor de ésta, fui acariciando todo su contorno mientras ascendía hasta la liga. En cuanto la deslicé hasta su tobillo, besé sobre aquel peculiar gravado en su piel. Demasiado cerca de su ingle, y eso le gustó.

La agarré por la cintura, alzándola para que enrollara sus piernas alrededor de mi cadera. El prepucio se retiró en cuanto introduje mi sexo en su vagina y ambos entreabrimos los labios en cuanto unimos nuestros cuerpos. Una de mis manos se coló entre nuestros cuerpos, acariciándole el clítoris y empezó a convulsionar involuntariamente las piernas aferradas a mi cuerpo y los músculos internos de su matriz, aún con mi miembro penetrándola.

El cálido flujo que originó al llegar al orgasmo, humedeció gran parte de mi polla, haciéndome correr en su interior.

-  Serán 75,90€- le dije al cabo de un rato, con una sonrisa pícara en el rostro. Ella buscó en su cartera la tarjeta de crédito y me la ofreció entre el dedo índice y el anular

- ¿Te lo pondrás para estas fiestas?- pregunté amistosamente, mientras le cobraba.

-  No, para mi despedida de soltera. 

Perdonad por poner este formato, poco profesional, pero creo que las cosas más sencillas son las mejores. Espero que votéis y que paséis un buen rato.

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Disfrutad

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