Pensamiento no determinado

Cómo huimos, acobardados, mirando en toda dirección inexistente para que no vean que nuestra valentía ha sido probada, una vez más. Andamos sin cuidado, chocando contra tantos seres como pasos vamos avanzando, sin mirar ni tan siquiera el suelo que estamos pisando… La mirada fija en el horizonte, todos los sentidos aturdidos, y la cabeza alta, muy alta. Miramos por encima de nuestro hombro sin observar el muro que tenemos en frente. Y asustados, atemorizados, salimos de situaciones que a veces, se nos escapan de nuestras vulgares extremidades.

La presión social que ejerce sobre nuestro diminuto cuerpo es tal, que en ciertos momentos damos rienda suelta a nuestra imaginación y demostramos nuestras dotes artístico-teatrales delante de decenas de visiones plasmadas en nuestra frágil personalidad. ¿Qué tenemos que demostrar a este mísero mundo?

Creemos que la vida personal es sumamente aburrida o que nuestro ser es tan poco impactante, que nos dirigimos, sigilosos, al armario de la hipocresía, seleccionamos los trajes que mejor se puedan adaptar, y salimos a la burbuja social vestidos con una identidad que no es la nuestra propia. Y todo por una incredulidad que tenemos en nuestra persona. O simplemente porque nuestras pupilas reflejan una imagen de otro ser, que creemos que es superior, y deseamos captar todo movimiento para poder ponerlo en práctica en tantas situaciones cómo nos sea posible. Y ni tan siquiera, caemos en mirar los ojos de esa persona, y darnos cuenta que sus pupilas retratan nuestro perfil desde tantos ángulos cómo les sea posible, para poder ponerlo en  práctica en otro momento. Por lo tanto, en este círculo vicioso, ¿Quién es quién?

Quizás seamos una simple calcografía de la monotonía, de la doblez.

Amantes del pesimismo, sobrevivimos a la rutina hundiéndonos en los sueños faltos de ambición. Huyendo de las nuevas sensaciones que puedan romper ese esquema prefijado.

En ocasiones, nos paramos en un rincón, viendo y observando cómo viven los demás seres, y sobre todo sintiendo, oliendo ese calor humano: el calor de la hipocresía.

Quién sabe, tal vez sea la moralidad la que nos hace ser menos morales. Tantos valores que ordenamos en estos pequeños cerebros que no sabemos ni para qué nos podría servir todas esas estupideces que archivamos. Protocolos que jamás sabremos de donde nacen, formas de actuar que destrozan toda nuestra naturalidad… Y cuando conocemos o nos encontramos casualmente con otro ser, que nos atrae de una forma u otra y no sabemos porqué, vamos más allá, y nos damos cuenta que era eso, exactamente: su sencillez.

Existen sensaciones sorprendentes en el ser humano. Personalmente, la que más me llama la atención es la ‘soledad’. Es increíble, lo relativa y camaleónica que puede llegar a ser. Si por un momento nos paramos a pensar, qué es la soledad, no encontraremos una respuesta fija. Seguramente estaréis pesando en la siguiente definición: Es la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Sí, en parte, pero… ¿Qué pasa con la sensación de soledad? ¿Cuántas veces hemos estado rodeados de gente y nos hemos sentido inmensamente solos? Es increíble, como la magnitud de la presencia queda determinada por el grito del silencio, queda mitificada cuando no hay palabras.

Otra situación digna de ser examinada es la siguiente: podemos estar en silencio incontables minutos con una persona con la que tenemos confianza, pero, la incomodidad que sentimos cuando el mismo esquema se retrata con una persona desconocida o sin tanta confianza… es impresionante. Tenemos la obligación… ¿moral? de mantener una conversación con un ser que no mantenemos tanta relación. ¿Qué pasa si se ausentan las palabras? Incomodidad incondicional.

Por más que reiteremos estos momentos… la realidad seguirá siendo la misma. Robotizados, intentaremos ponerle etiquetas a los sentimientos, para mejorar nuestra comunicación entre tantos seres. No queremos asumir lo déspota que puede llegar a ser el silencio ni disfrutamos de la necesidad de estar solos, acompañados con nuestros pensamientos y con el roce del tiempo en la piel.

Pero somos así, hemos sido y seguiremos siendo de esa forma: un esquema prefijado. Cada ser tiene su hilo a lo largo de la vida, con el que muchas veces realiza nudos con otro hilo de esa persona que nos atrae firmemente, creando una pequeña hebra más. Finalmente, cuando la vida ha decidido no formar parte de nuestra composición, se corta ese fino hilo, para siempre, quedando en el infinito nuestro pequeño lazo insignificante para muchos, pero vital para otros.

 [green_box]Así se construye nuestra sociedad, llena de lazos, nudos y cortes. Vamos tejiendo, poco a poco, el tapiz de nuestra imperfecta humanidad. Quizás sea infinito. Quizás quede en el olvido. Pero sin lugar a dudas, habremos formado parte de él. [/green_box]

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