Testimonio de una persona que venció la ansiedad. Yo misma

El tema que trataré no tiene nada que ver con el sexo. Me veo con fuerzas para contar lo que, con diferencia, fue el peor momento de mi vida. No lo hago por mí, sino por todas aquellas personas que actualmente están viviendo el infierno que significa tener ansiedad.

El 16 de Agosto del 2013 amaneció normal. Todo apuntaba a que sería un rutinario día en la vida de una freelance. Pero me levanté más cansada de lo habitual y me tomé dos cafés muy cargados. Tenía bastante trabajo y me lo tomé con estrés e intensidad.

Al mediodía preparé una ensalada de pasta y, cuando vino Alberto de trabajar, nos pusimos a ver los Simpsons y a comer. De repente, empecé a notar una presión en mi brazo izquierdo y a encontrarme muy, muy mal. Se me disparó el corazón con unas taquicardias que en mi vida había experimentado. Me levanté, nerviosa y desorientada, totalmente asustada de lo que me estaba pasando. “Me voy a morir”, pensé. Con lágrimas en los ojos, no paraba de repetir que me encontraba muy mal. Alberto no sabía qué hacer. Fui directa al baño a vomitar mientras me apoyaba en la taza del váter para no desmayarme por la hiperventilación. Me lavé la cara. Estaba pálida. Alberto insistió en tumbarme en el sofá con las piernas hacia arriba. No sirvió. Le pedí que me llevara al hospital. Cogimos el coche corriendo y en un momento llegamos al hospital. Me atendieron en seguida, haciéndome un electro que seguramente no salió como se esperaba y me ingresaron. Compartí habitación con una mujer mayor que no paraba de hablar sobre lo jodida que estaba. Tenía bradicardía, es decir, un ritmo cardíaco más lento de lo habitual. Con lo cual, cuando sus pulsaciones caían en picado sonaba una especie de pitido horroroso que no paraba hasta la normalización de sus latidos. A esto le añadimos que la persona que acompañaba a esta mujer era el amigo que todos deseamos (ironía), ya que, no paraba de decir que se iba a morir y que los pitidos que sonaban “eran las campanas de San Pedro”.

Y yo, ahí, mirando por la ventada del hospital pensando en que, si me muero en ese momento, tampoco iba a ser tan malo. Había vivido la vida a mi manera, disfrutando a cada segundo y haciendo lo que realmente quería. Para aquellos que no han sufrido nunca ansiedad, seguramente me tachen de “exagerada”. Pero cuando sufres un ataque de pánico, piensas en todo momento de que vas a morir. Es un miedo irracional que se instala en tu cabeza y, creedme, que cuesta muchísimo acabar con él.

Me dieron un Diazepam que me dejó totalmente drogada. Y, tras aproximadamente 4 horas, me dieron el alta. El diagnóstico era muy simple: Ansiedad. No podía ni imaginar que sería el peor diagnóstico que me han hecho en la vida. ¿Cómo algo tan sencillo para los médicos es tan grave para quien lo sufre?

Llegué a casa y recibí llamadas de familiares y algunos amigos que lo sabían. Todos me decían lo mismo: “Debes tomarte la vida de forma más relajada que sino algún día te dará un chungo”. Lo peor que se le puede decir a una persona que acaba de sufrir un ataque de pánico.

El futuro que me esperaba era muy, muy jodido. Lo peor de un ataque de ansiedad no es el ataque en sí, sino lo que viene después. El puto miedo de que se vuelva a repetir. Te sientes débil, como si de un momento a otro, fueses a morir.

No podía dormir por las noches porque el silencio me daba terror. Sentía mi cabeza hablar y hablar mientras intentaba contar los agujeros de la persiana por los que se filtraba la luz. Daba varios paseos al baño para lavarme la cara o, simplemente, tener luz. Muchas noches dormía con un algodón impregnado por alcohol médico para calmar las náuseas que me impedían respirar. Me puse 3 cojines para poder elevar un poco más la postura y de esa forma no ahogarme. Probé pastillas naturales para conciliar el sueño. Técnicas respiratorias. Música. Técnicas de relajación. Nada funcionaba. Algunas noches me despertaba con pesadillas y, durante el día, iba zombie. Cuando no descansas bien, la ansiedad se intensifica mucho más. Y a consecuencia, te cuesta más dormir. Es el pez que se muerde la cola.

Dejé de trabajar. Me agobiaba demasiado. Únicamente podía ser feliz dándome un baño con mucha espuma y encendiendo un poco de incienso. Me relajaba mirando el humo del incienso mientras imaginaba formas y objetos. Me encantaba escribir con espuma o intentar hacer corazones. Cuando salía del agua, volvía otra vez la pesadilla. Habían días que los vivía, literalmente, en la bañera. No podía leer. Cuando leía más de 3 párrafos seguidos me ahogaba. No podía ver películas, ni series, ni programas de televisión.

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Los días se convirtieron en una rutina infernal. Me levantaba tarde y me costaba poner un pie en el suelo. Quería estar todo el día escondida entre las sábanas, pensando en enfermedades o demás desgracias que podía tener. Cuando me dolía la cabeza pensaba que tenía un tumor cerebral. Si me daban taquicardías (que eran casi constantes), pensaba que me iba a dar un infarto. Buscaba mil enfermedades por Internet y me autodiagnósticaba a mi manera con cada una de ellas. Iba al médico cada semana con un síntoma diferente. Todos me miraban con la misma cara, me decían que era ansiedad y que me tenía que medicar. Me negaba. Nunca me he medicado para superar la ansiedad. Sabía que era un problema mental que tenía que superar por mí misma, no por drogas que me dejaran tumbada en el sofá.

Cuando empecé la universidad en septiembre, pensaba que todo mejoraría. No fue así. Me dio un ataque de ansiedad el segundo día en mitad de clase. Me fui a casa, y por el camino, me entró el pánico de volver a clases al día siguiente. Decidí ponerle punto y final a esta pesadilla y pedí ayuda urgente a una psicóloga llamada Laura. Quedamos a las diez de la mañana del siguiente día. Le expliqué todo lo que había sucedido. Iba a terapia cada semana, a veces dos días, otras solo una vez. Pero el hecho de destapar sentimientos hacía que mi ansiedad fuese a peor. La psicóloga me dio unos trucos que me ayudaron mucho desde el primer momento. El primero, era que cuando notase que me ahogaba o empezase a hiperventilar, dejara de respirar. De esa forma, el cuerpo respiraba solo cuando realmente lo necesitaba. El segundo, fue no dejar de vivir. Hacer mi vida normal, incluso cuando me diese un ataque de ansiedad. Si nos escondemos, o nos refugiamos en casa, la ansiedad se hace mucho más fuerte. Hay que seguir haciendo aquello que en ese momento estamos realizando y enfrentarse a ese miedo.

Las terapias me ayudaron a evolucionar muy rápidamente. Realizaba la ténica del EMDR, que se basa en la simulación de movimientos oculares (aquellos que se dan en la fase REM antes de dormir) para poder acceder al subconsciente y reparar lo que estaba dañado.

El miedo a la muerte surgió de traumas pasados que había ido almacenando. Las muertes de familiares me afectaron mucho durante toda mi vida y no lo supe canalizar como es debido. Además, sentía que detrás de la muerte no existía nada, que nos hundíamos en el vacío de la oscuridad y el infinito, dejando atrás todo aquello que intentamos vivir. Pero mis pensamientos cambiaron y empecé a ver la muerte con más optimismo, dejándome abrazar por la teoría budista de la reencarnación.

Superé la principal razón por la que se instaló la ansiedad en mí: la no-evolución. Leí un artículo en un blog que fue el desencadenante en mi lucha contra esa enfermedad, donde hablaba sobre por qué la gente tiene ese problema psicológico. Es sencillo: por la no-evolución. La ansiedad aparece cuando estamos arraigados en el pasado, cuando no queremos evolucionar en el trancurso del tiempo, cuando no aceptamos la realidad.

En mi caso personal, no acepté una ruptura que hacia un año había sufrido. Una ruptura que significó el final de 6 años de mi vida, desde los 14 hasta los 20, con una persona que me manipuló y me formó a su antojo. Con alguien que me follaba sin amor y me insultaba casi diariamente sin motivo alguno. Con un ser que me mandaba a callar delante de gente o me echaba bronca por mi comportamiento en cenas o fiestas. Alguien que no entendía que yo era un ser LIBRE, sin maldad, sin dueño. Alguien a quien quise dejar y se puso a llorar desconsoladamente. Él mismo que a las dos semanas me gritó y me levantó la mano para pegarme el tortazo de mi vida. Quién se quedó con todo mi dinero, mi cámara y varias cosas de mi propiedad. Gracias a Alberto que me hizo ver la realidad de ese maldito infierno, porque ya me estaba quemando. La ruptura fue muy traumática y todo lo que hubo antes, también. Superar eso fue muy duro. Se trataba de remover un pasado que me negaba a aceptar.

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Hace 7 meses me dieron el alta. Ya no voy a terapia. No quiero decir que haya superado la ansiedad, ya que es algo que debemos tener todos en nuestras vidas para poder reaccionar ante el peligro. Pero, lo que viví hace 1 año, ya está más que enterrado. Eso no significa que no me duela hablar de ello. Pero sé, que seguramente a más de uno que está en el fondo del pozo, le podrá ayudar mi relato.

Creedme que es tan fácil como evolucionar, aceptar el momento, enfrentarse al presente y dejar atrás el pasado. Intentar amar con todo nuestro corazón las pequeñas cosas que nacen y crecen en nuestra vida, regar las raíces que nos unen a este mundo tan humano y desperfecto, sonreír a la muerte y aceptar algo tan intangible como es la vida.

Dejo atrás esta pesadilla. Pero antes, me gustaría agradecer a aquellas personas que hicieron posible mi victoria. A mi madre, que lo pasó muy mal. A Alberto, que vivió y sufrió conmigo todas mis paranoias. A mis amistades que me ayudaban a salir y a desahogarme, en especial mi gran amiga Sam, que también sufrió la ansiedad. A mi psicóloga, Laura, por ser tan paciente y tan eficaz. Y en especial, a mí misma, por tener un par de ovarios como nunca y plantarle cara a algo tan jodido. Gracias por estar ahí.

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Una técnica que me ayudaba a superar las crisis de ansiedad eran mi “cajita imaginaria”. Dentro de ella, guardaba aquello que me hacía sentir realmente bien. Lo único que podía darme una paz inmensa era el abrazo de mi alma gemela. Recurría a menudo a ello. Abría la cajita y sentía el calor de sus brazos. Paz.

Y a todos aquellos que sufren ansiedad que sepáis que no estáis solos, que se puede salir, pero antes debemos aceptar ciertos aspectos en nuestras vidas.

Aquí tenéis una persona que estará encantada de echaros una mano. Podéis contactar a través del blog sin problema.

Ánimos, fuerza, vida, crecimiento y evolución.

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Disfrutad, cada efímero segundo que colisiona en las agujas de este apresurado reloj. Tic, tac.

  3 comments for “Testimonio de una persona que venció la ansiedad. Yo misma

  1. 25 junio, 2015 at 23:58

    Me e identifico contigo .lo paso fatal, esta ultima fue igual que ati..se pasa fatal, solo pienso en el miedo de que me vuelva adar un saludo…..

  2. Andrea
    26 junio, 2015 at 5:28

    Hola. Podrías hablar más en detalle de esa técnica REM, ¿Cómo lo lograste? No había oído de eso y me gustaría saber más. También sufro de ansiedad y como dices, es un infierno que te incapacita para todo. Llevo ya muchos años así, sin solución alguna. Me alegra que hayas salido adelante. Yo todavía estoy en este oscuro hueco. Me encantó tu artículo.

    • 28 junio, 2015 at 17:12

      ¡Hola Andrea! Me alegra que te haya gustado el artículo. Todavía sigo teniendo ansiendad, pero sobre todo en periodos de alto estrés o cambios en mi vida (algo habitual en todo ser humano, por cierto). La técnica EMDR trata de inducirte en un estado aproximado a la fase REM cuando dormimos, donde el subconsciente es más accesible. Se consigue mediante movimientos oculares que el propio psicólogo o psicóloga te realiza, por ejemplo, moviendo los dedos de un lado al otro o, dando golpes simultáneos en tus rodillas. En general, se trata de emular el movimiento ocular de la fase REM, cuando estamos a punto de conciliar el sueño. Es una técnica que funciona genial para abrir traumas profundos y ocultos y sobre todo, para asimilar ideas positivas y superar obstáculos. Esta técnica me ha ido muy bien para superar el miedo a la muerte y a la ansiedad. Aunque debo decir, que a día de hoy, sigo luchando contra este monstruito interno, pero por suerte, no tiene la misma gravedad.
      Se trata de tener muchísima fuerza de voluntad, ser positiva y apoyarte en las personas que más te quieren. Piensa que no estás sola, en absoluto. Te dejo un blog que quizás te pueda ayudar también: http://www.desansiedad.com :) Y cualquier cosa puedes escribirme en Facebook (Noemí Casquet López, mi perfil personal) o por email: hola@noemicasquet.com
      Muchos abrazos, querida.

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